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CUANDO AMAMOS CON LAS DOS MANOS LA PELEA DESAPARECE

marzo 27, 2022
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A continuación el artículo que un compañero nuestro ha escrito. En este escrito aparecen diferentes temas: guerra, paz, masculinidad, dominación masculina, patriarcado, escucha, amor, la opresión que sufren los hombres, etc.

«La temática de mis talleres es la siguiente: “Transformando la masculinidad para construir el amor”. Esto es algo que, en mi opinión, impacta directamente en la raíz de la guerra y la violencia, guerras que además fortalecen la creencia de que la vida de los hombres es sacrificable y de que su rol primordial es ser guerreros.«

Cuando justifico una guerra, la Guerra ha ganado pues mi Humanidad está herida, y por esa brecha el sistema de creencias y los valores capitalistas y patriarcales que dominan este mundo se colarán e invadirán mi mente e integridad: el belicismo, la división, la desconfianza, la violencia, la dominación, el individualismo y todas las opresiones que esto conlleva.

“cuando amamos con las dos manos la pelea desaparece”

Presentación:

Es un texto largo, así que para facilitar la lectura lo he dividido en tres partes conectadas entre sí, pero a la vez con un contenido propio. Es posible leer solamente una de ellas o leer las tres poco a poco. Mi intención es sumar otra mirada más que contribuya al pensamiento colectivo sobre las guerras, la paz, y las relaciones humanas. 1-Experiencias personales relacionadas con la guerra. 2-Reflexiones y preguntas derivadas de ello. 3-Mis creencias acerca de la realidad humana, y mis opciones personales.

Parte 1- Experiencias relacionadas con la guerra

Me ayuda recordar los testimonios que escuché a veteranos de guerra (hombres y mujeres) mientras me agita emocionalmente la absoluta irracionalidad de la guerra. Ellos contaron con detalle sus recuerdos de la guerra y la manera en la que ésta impactó en sus vidas y en las de sus personas amadas. Mostraron sus traumas, y comprendí la huella que dejó en ellos.

Son personas que mataron en combate y a quienes casi mataron, que vieron morir a soldados que estaban a su cargo, que pasaron por torturas y por prisión, que estuvieron en el ejército vencedor o en el derrotado. Traer estos relatos me ayuda a no olvidar que dentro de un tanque hay un ser humano congelado por el miedo, desconectado por la tensión, profundamente endurecido. Que quienes invaden y bombardean ciudades, igual que quienes mueren víctimas de esos ataques, son personas sufriendo y víctimas de la irracionalidad.

Dos de esos veteranos fueron mis dos abuelos varones ya fallecidos, combatientes en la Guerra del año 1936, quienes de un modo u otro supieron transmitirme que detrás de geopolítica, datos, análisis, naciones y estrategias hay seres humanos sufriendo profundamente, y que ese sufrimiento no diferencia el bando ni la bandera. En esta guerra la humanidad experimentó por vez primera el bombardeo de ciudades y pueblos.

Mi abuelo paterno fue uno de los pocos aviadores del bando “perdedor” que sobrevivieron después de tres años de guerra contra ejércitos europeos de ideología nazi y fascista. Participó en muchos combates aéreos. Su labor era disparar la ametralladora de un avión bombardero que el gobierno democrático compró a la Unión Soviética. No hay duda de que fue responsable de un incalculable número de muertes. Escapó a Francia para evitar ser fusilado, y allí lo encerraron en un campo de concentración del que también escapó. Una mujer francesa le cobijó en su casa los años que duró la invasión de Francia por el ejército nazi. Nunca más regresó con su familia, y no conoció a sus hijos.

Mi abuelo materno disparaba cañones contra el ejército de mi otro abuelo. Es difícil saber a cuántas personas mató, pues los proyectiles que disparaba caían lejos. Solía pedirle que me contara historias de la guerra, quería entender qué era eso, pero él guardaba muchos secretos que nunca quiso contar. Siempre me respondía: “Deseo que nunca tengas que vivir una guerra”. Él era un hombre que me cuidaba y amaba.

Con 21 años fui a vivir a un país que llevaba 35 años en una guerra de baja intensidad, con un gran impacto en la vida de la gente, que enfrentaba a una milicia popular clandestina con un poderoso ejército. Me he relacionado con personas ex-combatientes, torturadas y con quienes sufrieron largas condenadas de prisión debido a esta guerra. Les he escuchado sus vivencias y sentimientos, y he visto el impacto de ello en su salud emocional y física.

He participado durante 12 años en el proyecto de RC “Curándonos de las Heridas de la Guerra y el Genocidio”, con encuentros presenciales celebrados en Polonia. Allí me dediqué a escuchar decenas y decenas de sinceros testimonios personales relacionados con vivencias de guerra de muy distinto tipo, de personas procedentes de los cinco continentes y con orígenes muy distintos. También he dedicado muchísimas horas a contar mi propio testimonio relacionado con las guerras. Entre nosotras hemos creado una relación de confianza que trasciende cualquier posible separación o enfrentamiento provenientes de nuestras culturas y sociedades de origen.

Parte 2- Mis reflexiones y preguntas

Cuando disparamos un arma sus balas y bombas matan a personas y seres vivos no humanos, y destruyen aquello que con tanto esfuerzo y recursos fue creado. Para eso la fabricaron y la inventaron. Ese es su único propósito. No hay otro. Nosotras le añadimos nuestras ideas y creencias: liberación, derechos, defensa, justicia, protección…Pero esas armas no tienen sentimientos, ni compasión, ni respeto, ni amor, ni ideología. Sólo cumplen su misión: matar, herir y destruir. Sus características cambian, pero no sus efectos.

Independientemente de cuáles sean los motivos que me puedan llevar a participar en una guerra, o de que la considere justa y correcta, yo seré el responsable de las muertes que deriven de mis acciones, yo seré quien les mató, bien fuera para defenderme, bien fuera para vencerles. Quizás nunca vea sus cuerpos, quizás nunca sepa con certeza qué ocurrió después de mi disparo, sin embargo, sí sé cuál fue es intención al disparar.

Cuando en la batalla mueren mis amigos, mis colegas de milicia, mis familiares, o el bosque de mi región y sus animales. Cuando veo, huelo y siento la muerte y la destrucción en los cuerpos después de una explosión o de una ráfaga de metralleta. Cuando todo eso impacta en mis sentidos y sentimientos, mi corazón se oscurece, mi ilusión en la vida se desvanece, mi dolor emocional me enferma…y esta herida me acompaña el resto de la vida.

Cuando mi disparo mata o hiere a otra persona, o a un grupo de personas, sus amigos, colegas o familiares sufren profundamente por su muerte. No hay diferencia entre su sufrimiento y el mío, tienen el mismo tono y la misma intensidad, y les enferma igual que me enferma a mi.

¿Qué haré con ese dolor? ¿Qué haré con mis recuerdos? ¿Qué haré con mi mente que nunca más estará en calma? ¿Qué haré con la carga de saber que maté a personas? Quizás me suicide. Quizás mi angustia no me permita dormir. Seguramente el sistema médico me empuje a hacerme adicto a drogas psiquiátricas que escondan mi desesperación, y me dejen aturdido y apartado en un rincón.

¿Qué haré con mi odio? ¿Qué haré con mi amor? ¿Cómo devolveré la vida o la salud a quienes maté o herí, a quienes alguien les obligó a combatir contra mí, o les manipuló y engañó para que lo hicieran, o a quienes sencillamente maté por error? ¿O prefiero que estén muertas? ¿Qué haré conmigo mismo cuando ya nunca más sea capaz de sonreir, relajarme, disfrutar…cuando nunca más pueda sentir compasión por el ser humano? Entonces, ¿habré ganado la guerra? ¿Es eso ganar?

Parte 3- Mis creencias y opciones personales

Cuando creo que a veces la guerra es necesaria y “lógica”; cuando creo que una patria o ideas son más importantes que una vida; cuando me identifico con uno de los bandos; cuando creo que la guerra puede traer liberación…entonces, la Guerra me ha ganado, y mi Humanidad está herida, y por esa herida el sistema de creencias y los valores capitalistas y patriarcales que dominan este mundo se colarán e invadirán mi mente e integridad: el belicismo, la división, la desconfianza, la violencia, la dominación, el individualismo, y todas las opresiones que esto conlleva.

Entonces comienzo a pensar que en realidad existe un motivo para alejarme de las personas, considerarles una amenaza, y odiarles. En consecuencia, no me siento seguro, y vivo alerta y con miedo, dispuesto a comprar protección a cualquier precio…es así como me convierto en vulnerable, y acepto la idea de que en algunos casos la opresión es necesaria porque existe una separación y conflicto real entre las personas. Cuando abro esa puerta daño mi bondad y mi amor inherentes.

Cuanto más me alejo del capitalismo y del caos que genera, menos vulnerable soy a sus mensajes e ideología. Cuanto más me desprendo de la armadura masculina patriarcal que porto como hombre, más espacio dejo para que enraíce la sabiduría de lo femenino en mi, la cual me ayuda a vivir desde el amor. Cuanto más aparto de mi mente las creencias de la cultura blanca occidental patriarcal más me abro a aprender de mis hermanos y hermanas indígenas, quienes me recuerdan que la unión es lo que rige todo en esta vida, incluída la Humanidad. Cuanto más en equilibrio estoy dentro de mí, más interpreto la vida desde la cooperación, fraternidad, escucha, cuidado, solidaridad, y mis actos más reflejan esta perspectiva.

Guatemala es un país en una constante guerra, arrasado por el genocidio de la gente indígena. Trabajé allí en dos ocasiones dirigiendo talleres con hombres, algunos eran refugiados de la guerra y excombatientes. Allí encontré este mural: “Yo sólo sabía de luchas con mis armas naturales: la sinceridad, la ternura y el cariño”. (La autora es una mujer). La temática de mis talleres es la siguiente: “Transformando la masculinidad para construir el amor”. Esto es algo que, en mi opinión, impacta directamente en la raíz de la guerra y la violencia, guerras que además fortalecen la creencia de que la vida de los hombres es sacrificable y de que su rol primordial es ser guerreros.

Puesto que miro así la vida, la vida me devuelve una y otra vez soluciones pacíficas, y me confirma que es cierta mi creencia de que si internamente vivo conectado con la paz, en mi exterior yo creo la paz. No lucho por la paz, sino que intento vivir la paz en cada uno de mis pensamientos y palabras. Es así como mis actos producen paz. Este es mi gran reto, pues el patriarcado y capitalismo quieren convencerme de que la vida se basa en la dualidad entre las buenas y las malas personas, entre amigos y enemigos, y de esta manera, y sin yo ser consciente de ello, convertirme en su colaborador. Por ejemplo, creyendo que existen razones lógicas para recurrir a las armas.

Gracias por leer esta carta.

Te deseo paz para tu vida.

Juan Manuel Feito

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