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“SOMOS. HACEMOS” REFLEXIÓN SOBRE LA VIOLENCIA MACHISTA

octubre 25, 2020
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A continuación un texto escrito por uno de los miembros de Piper Txuriak, una reflexión sobre la violencia que ejercemos los hombres, y un enfoque personal y socio-cultural para afrontarla y reconocerla:

SOMOS. HACEMOS

Basar nuestra identidad en nuestros actos puede suponer un doloroso e inestable acto de revisión permanente y duda constante que puede dificultarnos nuestra evolución.

En unas jornadas sobre violencia machista ejercida por hombres que militan en espacios a favor de la igualdad, un hombre se definía a sí mismo como condenado por maltrato y con una orden de alejamiento. Valiente definición en un contexto en el que la mayoría de las personas era la primera vez que nos veíamos. “Somos lo que hacemos” titulaba un artículo que abordaba este mismo tema. Ambos casos plantean el principio según el cual nuestra identidad se construye en base a nuestros actos.

Es posible que a muchas personas, hombres en este caso, les ayude tener esta visión y les sirva de alerta permanente para una revisión constante de sus acciones. Seguramente les sirva de punto de referencia desde el cual afrontar su deconstrucción y romper con una dinámica que nos incita a continuar ejerciendo diferentes formas de violencia.

Por otro lado, podemos tener en cuenta también el riesgo que puede suponer identificarnos continuamente con nuestras acciones. ¿Cuándo dejo de ser un hombre maltratador? ¿Cuándo puedo redimirme de esta pena? ¿Cuándo dejo de poner en duda lo que soy en función de lo que hago?  Centrar la atención únicamente en nuestros actos tiene el doble peligro de por una parte tratar los síntomas y no la enfermedad y por otra parte generar una especie de ansiedad según la cual nunca podremos “ser” lo que pretendemos ya que en nuestros actos hubo y habrá de una manera u otra, vestigios de violencia.

En este punto, me gustaría rescatar la visión que siempre propuso un compañero del grupo de hombres en el que participo. Él siempre proponía separar a la persona de sus actos. Despojar y atender de manera diferenciada a la persona de los actos que ha cometido. Esto nos permite condenar sin paliativos las acciones violentas que haya podido cometer esa persona. Y a la vez rescatar a esa persona, como ser humano. Atenderla en sus necesidades y sostenerla desde ahí para entender qué ocurre en su interior para comportarse de esta manera.

Marshall B. Rosenberg, creador de la teoría de la Comunicación No Violenta (CNV) y testigo en primera persona de situaciones de violencia extrema, propone que detrás de cada acto violento, por duro que pudiera ser, siempre hay una necesidad no expresada. En el contexto que ocupa este texto, mi interpretación es en la línea de que detrás de las violencias que cometemos, existe un ser que ha sido moldeado por una sociedad que nos aleja de nuestras necesidades más básicas y nos entrena en una violencia sistémica que aplicamos tanto a nuestro entorno como a nosotros mismos.

Todos vamos a tener que convivir con el ejercicio de la violencia, esperemos que en menores grados cada vez, a lo largo de nuestras vidas. Identificarnos únicamente con esta realidad y vivir con ella puede suponer un peso difícil de levantar para la mayoría de nosotros y desde luego una visión desalentadora de la construcción de la igualdad para muchos hombres que comienzan a cuestionarse sus actos.

Partamos de nuestra inviolable legitimidad para ser. No pongamos nuestra valía y (auto)estima como “premio” por nuestros actos. Asumamos que primero, somos. Que al nacer únicamente fuimos.  Hagámonos fuertes en esta legitimidad, plantemos nuestros cimientos en esta convicción. Desde ahí será más fácil revisar nuestra construcción como hombres y asumir la responsabilidad (y oportunidad) que tenemos para contribuir a crear un mundo sin violencia. Desde ahí será más fácil hablar también a pecho descubierto, desde nuestra vivencia, de las violencias que hemos ejercido, de la violencia que hemos sufrido, de los patrones que hemos repetido aunque ni siquiera los entendiéramos…

No se trata de colocarnos en un papel de víctimas, ni de caer en la equidistancia de la violencia. No hay duda de que en este reparto de miseria que es el sistema actual, nos ha tocado la mejor parte; incluso esta revisión que proponemos es un ejercicio más de privilegio, porque tengo el privilegio de decidir si hacerla o no.

Pero considero que un cambio duradero, sostenible en el tiempo y que sea generador de una nueva realidad que permita la libre existencia de todas las personas y sus elecciones, debería estar basado en el respeto profundo y admiración hacia el ser que nos habita. Un ser que, de la misma forma que se ha ido construyendo y se sigue construyendo en base a sus actos y circunstancias, también tiene, si se le atiende y sostiene, la innata fuerza de crear algo mejor.

Todo cambio tiene múltiples aristas, muchos frentes desde el que lograrlo y muchas luchas y estrategias legítimas que se complementan. Esta es una más.

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